lunes, 8 de noviembre de 2010

Lecturas para el miércoles 10

Se leerán en la Biblioteca dos relatos de Lev Tolsoti que aquí reproducimos


Melania y Akulina
[Cuento. Texto completo]


Aquel año llegó pronto la Semana Santa. Apenas se había terminado de viajar en trineo, la nieve cubría aún los patios y por la aldea fluían algunos riachuelos. En un callejón, entre dos patios, se había formado una charca. Dos chiquillas de dos casas distintas -una pequeña y la otra un poco mayor- se encontraban en la orilla. Ambas tenían vestidos nuevos: azul, la más pequeña; y amarillo, con dibujos, la mayor. Y las dos llevaban pañuelos rojos en la cabeza. Al salir de misa, corrieron a la charca y, tras enseñarse sus ropas, se habían puesto a jugar. La pequeña quiso entrar en el agua sin quitarse los zapatos; pero la mayor le dijo:

-No hagas eso, Melania; tu madre te va a pelear. Me descalzaré; descálzate tú también.

Se quitaron los zapatos, se metieron en la charca y se encaminaron una al encuentro de la otra. A Melania le llegaba el agua hasta los tobillos.

-Esto está muy hondo; tengo miedo, Akulina.

-No te preocupes, la charca no es más profunda en ningún otro sitio. Ven derecho hacia donde estoy.

Cuando ya iban juntas, Akulina dijo:

-Ten cuidado, Melania, anda despacio para no salpicarme.

Pero, apenas hubo pronunciado estas palabras, Melania dio un traspié y salpicó el vestidito de su amiga. Y no sólo el vestidito sino también sus ojos y su nariz. Al ver su ropa nueva manchada, Akulina se enojó con Melania y corrió hacia ella, con intención de pegarle. Melania tuvo miedo; comprendió que había hecho un desaguisado y se precipitó fuera del charco, con la intención de correr hacia su casa. En aquel momento pasaba por allí la madre de Akulina. Al reparar en que su hija tenía el vestido manchado, le gritó:

-¿Dónde te has puesto así, niña desobediente?

-Ha sido Melania. Me ha salpicado a propósito.

La madre de Akulina agarró a Melania y le propinó un golpe en la cabeza. La pequeña alborotó con sus gritos toda la calle y no tardó en acudir su madre.

-¿Por qué le pegas a mi hija? -exclamó, y se puso a discutir con su vecina. Las dos mujeres se insultaron. Los campesinos salieron de sus casas y la gente se aglomeró en la calle. Todos gritaban, pero nadie escuchaba al otro. En la pelea, se empujaron entre sí y ya era inminente una batalla, cuando intervino una vieja, la abuela de Akulina. Se adelantó hacia el grupo de los campesinos y comenzó a suplicarles que se calmasen.

-¿Qué hacen? En un día tan sagrado, deberían regocijarse en vez de pecar de este modo.

Pero nadie hizo caso de la viejecita y poco faltó para que la derribaran. Nada hubiera podido conseguir, a no ser por Akulina y Melania. Mientras las mujeres se peleaban, Akulina había limpiado las manchas del vestido y había salido de nuevo hacia la charca. Tomó una piedra y con ella apartó la tierra para que el agua corriera por la calle. Melania se acercó a ayudarla con una astillita. Así, el agua llegó al sitio en que la andana trataba de separar a los contendientes. Las niñas venían corriendo a ambos lados del arroyo:

-¡Alcánzala! ¡Melania, alcánzala! -gritaba Akulina. La pequeña no podía replicar, ahogada por la risa. Y las dos niñas siguieron corriendo, divertidas con la astillita que el agua arrastraba. Llegaron junto a los campesinos. Al verlas, la vieja exclamó, dirigiéndose a estos:

-¡Teman a Dios! Están peleando precisamente por causa de estas dos niñas, cuando ellas se han olvidado de todo hace rato y juegan en amor y compañía. Son más inteligentes que todos ustedes.

Los hombres miraron a las niñas y se avergonzaron de su proceder. Luego, se burlaron de sí mismos y cada cual se volvió a su casa.

FIN



LA CAMISA DEL HOMBRE FELIZ


En las lejanas tierras del norte, hace mucho tiempo, vivió un zar que enfermó gravemente. Reunió a los mejores médicos de todo el imperio, que le aplicaron todos los remedios que conocían y otros nuevos que inventaron sobre la marcha, pero lejos de mejorar, el estado del zar parecía cada vez peor. Le hicieron tomar baños calientes y fríos, ingirió jarabes de eucalipto, menta y plantas exóticas traídas en caravanas de lejanos países.
Le aplicaron ungüentos y bálsamos con los ingredientes más insólitos, pero la salud del zar no mejoraba. Tan desesperado estaba el hombre que prometió la mitad de lo que poseía a quien fuera capaz de curarle.
El anuncio se propagó rápidamente, pues las pertenencias del gobernante eran cuantiosas, y llegaron médicos, magos y curanderos de todas partes del globo para intentar devolver la salud al zar. Sin embargo fue un trovador quien pronunció:
—Yo sé el remedio: la única medicina para vuestros males, Señor. Sólo hay que buscar a un hombre feliz: vestir su camisa es la cura a vuestra enfermedad.
Partieron emisarios del zar hacia todos los confines de la tierra, pero encontrar a un hombre feliz no era tarea fácil: aquel que tenía salud echaba en falta el dinero, quien lo poseía, carecía de amor, y quien lo tenía se quejaba de los hijos.
Mas una tarde, los soldados del zar pasaron junto a una pequeña choza en la que un hombre descansaba sentado junto a la lumbre de la chimenea:
—¡Qué bella es la vida! Con el trabajo realizado, una salud de hierro y afectuosos amigos y familiares ¿qué más podría pedir?
Al enterarse en palacio de que, por fin, habían encontrado un hombre feliz, se extendió la alegría. El hijo mayor del zar ordenó inmediatamente:
—Traed prestamente la camisa de ese hombre. ¡Ofrecedle a cambio lo que pida!
En medio de una gran algarabía, comenzaron los preparativos para celebrar la inminente recuperación del gobernante.
Grande era la impaciencia de la gente por ver volver a los emisarios con la camisa que curaría a su gobernante, mas, cuando por fin llegaron, traían las manos vacías:
—¿Dónde está la camisa del hombre feliz? ¡Es necesario que la vista mi padre!
—Señor -contestaron apenados los mensajeros-, el hombre feliz no tiene camisa


miércoles, 3 de noviembre de 2010

Lectura en la Biblioteca

Hoy los alumnos leerrán el siguiente cuento de Tolstoi

Después del baile
[Cuento. Texto completo]

León Tolstoi

-Usted sostiene que un hombre no puede comprender por sí mismo lo que está bien y lo que está mal, que todo es resultado del ambiente y que éste absorbe al ser humano. Yo creo, en cambio, que todo depende de las circunstancias. Me refiero a mí mismo.

Así habló el respetable Iván Vasilevich, después de una conversación en que habíamos sostenido que, para perfeccionarse, es necesario, ante todo, cambiar las condiciones del ambiente en que se vive. En realidad, nadie había dicho que uno mismo no puede comprender lo que está bien y lo que está mal; pero Iván Vasilevich tenía costumbre de contestar a las ideas que se le ocurrían y, con ese motivo, relatar episodios de su propia vida. A menudo, se apasionaba tanto, que llegaba a olvidar por qué había empezado el relato. Solía hablar con gran velocidad. Así lo hizo también estaba vez.

-Hablaré de mí mismo. Si mi vida ha tomado este rumbo no es por el ambiente, sino por algo muy distinto.

-¿Por qué? -preguntamos.

-Es una historia muy larga. Para comprenderla habría que contar muchas cosas.

-Pues, cuéntelas.

Iván Vasilevich movió la cabeza, sumiéndose en reflexiones.

-Mi vida entera ha cambiado por una noche, o mejor dicho, por un amanecer.

-¿Qué le ocurrió?

-Estaba muy enamorado. Antes ya lo había estado muchas veces; pero aquél fue mi gran amor. Esto pertenece al pasado. Ella tiene ya hijas casadas. Se trata de B***. Sí, de Varenka V***… -Iván Vasilevich nos dijo el apellido-. A los quince años era ya una belleza notable, y a los dieciocho esta encantadora era esbelta, llena de gracia y majestad, sobre todo de majestad. Se mantenía muy erguida, como si no pudiera tener otra actitud. Llevaba la cabeza alta, lo que, unido a su belleza y a su estatura, a pesar de su extremada delgadez, le daba un aire regio que hubiera infundido respeto, a no ser por la sonrisa, alegre y afectuosa, de sus labios y de sus encantadores y brillantes ojos. Todo su ser emanaba juventud y dulzura.

-Qué bien la describe, Iván Vasilevich.

-Por mucho que me esmere, nunca podré hacerlo de modo que comprendan ustedes cómo era. Lo que voy a contarles ocurrió entre los años 1840 y 1850. En aquella época, yo era estudiante de una universidad de provincia. No sé si eso estaba bien o mal; pero el caso es que, por aquel entonces, los estudiantes no tenían círculos ni teoría política alguna. Éramos jóvenes y vivíamos como le es propio a la juventud: estudiábamos y nos divertíamos. Yo era un muchacho alegre y vivaracho y, además, tenía dinero. Poseía un magnífico caballo, paseaba en trineo con las muchachas -aún no estaba de moda patinar-, me divertía con mis camaradas y bebía champaña. Si no había dinero, no bebíamos nada; pero no como ahora, que se bebe vodka. Las veladas y los bailes constituían mi mayor placer. Bailaba perfectamente y era un hombre bien parecido.

-No se haga el modesto -lo interrumpió una dama, que estaba entre nosotros-. Hemos visto su fotografía de aquella época. No es que estuviera bastante bien; era un hombre muy guapo.

-Bueno, como quiera; pero no se trata de eso. Por aquel entonces estaba muy enamorado de Varenka. El último día de carnaval asistí a un baile en casa del mariscal de la nobleza de la provincia, un viejo chambelán de la corte, rico, bondadoso y muy hospitalario. Su mujer, tan amable como él, recibió a los invitados luciendo una diadema de brillantes y un vestido de terciopelo, que dejaba al descubierto su pecho y sus hombros, blancos y gruesos, que recordaban los retratos de la emperatriz Elizaveta Petrovna. Fue un baile magnífico. En la espléndida sala había un coro, una célebre orquesta compuesta por los siervos de un propietario aficionado a la música, un buffet exquisito y un mar de champaña. No bebía, a pesar de ser aficionado al champaña, porque estaba ebrio de amor. Pero, en cambio, bailé cuadrillas, valses y polkas hasta extenuarme; y, como es natural, siempre que era posible, con Varenka. Llevaba un vestido blanco con cinturón rosa y guantes blancos de cabritilla, que le llegaban hasta los codos agudos, y escarpines de satín blancos. Un antipático ingeniero, llamado Anisimov, me birló la mazurca -aún no he podido perdonárselo- invitando a Varenka en cuanto entró en la sala; yo me había entretenido en la peluquería y en comprar un par de guantes. Bailé esa mazurca con una muchachita alemana, a la que antaño había cortejado un poco. Me figuro que aquella noche fui muy descortés con ella; no le hablé ni la miré, siguiendo constantemente la esbelta figura de Varenka, vestida de blanco, y su resplandeciente rostro encendido con hoyuelos en las mejillas y sus bellos ojos cariñosos. Y no era el único. Todos la contemplaban, tanto los hombres como las mujeres, a pesar de que las eclipsaba. Era imposible no admirarla.

"Según las reglas, no bailé con Varenka aquella mazurca; pero, en realidad, bailamos juntos casi todo el tiempo. Sin turbarse atravesaba la sala, dirigiéndose a mí y yo me levantaba de un salto, antes que me invitara. Varenka me agradecía mi perspicacia con una sonrisa. Cuando no adivinaba mi “cualidad”, mientras daba la mano a otro, se encogía de hombros y me sonreía con expresión compasiva, como si quisiera consolarme.

"Cuando bailábamos algún vals, Varenka sonreía diciéndome, con respiración entrecortada: Encore. Y yo seguía dando vueltas y más vueltas sin sentir mi propio cuerpo."

-¿Cómo no lo iba a sentir? Supongo que, al enlazar el talle de Varenka, hasta sentiría el cuerpo de ella -dijo uno de los presentes.

Súbitamente, Iván Vasilevich enrojeció y exclamó, casi a voz en grito:

-¡Así son ustedes, los jóvenes de hoy día! No ven nada excepto el cuerpo. En nuestros tiempos era distinto. Cuanto más enamorado estaba, tanto más inmaterial era Varenka para mí. Ustedes sólo ven los tobillos, las piernas y otras cosas; suelen desnudar a la mujer de la que están enamorados. En cambio, para mí, como decía Alfonso Karr -¡qué buen escritor era!- el objeto de mi amor se me aparecía con vestiduras de bronce. En vez de desnudar a la mujer, tratábamos de cubrir su desnudez, lo mismo que el buen hijo de Noé. Ustedes no pueden comprender esto…

-No le haga caso; siga usted -intervino uno de nosotros.

-Bailé casi toda la noche, sin darme cuenta de cómo pasaba el tiempo. Los músicos ya repetían sin cesar el mismo tema de una mazurca, como suele suceder al final de un baile. Los papás y las mamás, que jugaban a las cartas en los salones, se habían levantado ya, en espera de la cena; y los lacayos pasaban, cada vez con mayor frecuencia, llevando cosas. Eran más de las dos de la madrugada. Era preciso aprovechar los últimos momentos. Volví a invitar a Varenka y bailamos por centésima vez.

"-¿Bailará conmigo la primera cuadrilla, después de cenar? -le pregunté, mientras la acompañaba a su sitio.

"-Desde luego, si mis padres no deciden irse en seguida -me replicó, con una sonrisa.

"-No lo permitiré -exclamé.

"-Devuélvame el abanico -dijo Varenka.

"-Me da pena dárselo -contesté, tendiéndole su abanico blanco, de poco valor.

"-Tenga; para que no le dé pena -exclamó Varenka, arrancando una pluma, que me entregó.

"La cogí; pero únicamente pude expresarle mi agradecimiento y mi entusiasmo con una mirada. No sólo estaba alegre y satisfecho, sino que me sentía feliz y experimentaba una sensación de beatitud. En aquel momento, yo no era yo, sino un ser que no pertenecía a la tierra, que desconocía el mal y sólo era capaz de hacer el bien.

"Guardé la pluma en un guante; y permanecí junto a Varenka, sin fuerzas para alejarme.

"-Fíjese; quieren que baile papá -me dijo señalando la alta figura de su padre, un coronel con charreteras plateadas, que se hallaba en la puerta de la sala con la dueña de la casa y otras damas.

"-Varenka, ven aquí -oímos decir a aquélla.

"Varenka se acercó a la puerta y yo la seguí.

"-Ma chère, convence a tu padre para que baile contigo. Ande, haga el favor, Piotr Vasilevich -añadió la dueña de la casa, dirigiéndose al coronel.

"El padre de Varenka era un hombre erguido, bien conservado, alto y apuesto, de mejillas sonrosadas. Llevaba el canoso bigote à lo Nicolás I, y tenía las patillas blancas y el cabello de las sienes peinado hacia delante. Una sonrisa alegre, igual que la de su hija, iluminaba tanto su boca como sus ojos. Estaba muy bien formado; su pecho -en el que ostentaba algunas condecoraciones- y sus hombros eran anchos, y sus piernas, largas y delgadas. Era un representante de ese tipo de militar que ha producido la disciplina del emperador Nicolás.

"Cuando nos acercamos a la puerta, el coronel se negaba diciendo que había perdido la costumbre de bailar. Sin embargo, pasando la mano al costado izquierdo, desenvainó la espada, que entregó a un joven servicial y, poniéndose el guante en la mano derecha, -en aquel momento dijo con una sonrisa: 'Todo debe hacerse según las reglas'-, tomó la mano de su hija, se volvió de medio lado y esperó para entrar al compás.

"A las primeras notas del aire de la mazurca, dio un golpe con un pie, avanzó el otro y su alta figura giró en torno a la sala, ora despacio y en silencio, ora ruidosa e impetuosamente. Varenka giraba y tan pronto acortaba, tan pronto alargaba los pasos, para adaptarlos a los de su padre. Todos los asistentes seguían los movimientos de la pareja. En cuanto a mí, no sólo los admiraba, sino que sentía un enternecimiento lleno de entusiasmo. Me gustaron sobre todo las botas del coronel, que no eran puntiagudas, como las de moda, sino antiguas, de punta cuadrada y sin tacones. Por lo visto, habían sido fabricadas por el zapatero del batallón. 'Para poder vestir a su hija y hacerla alternar, se conforma con unas botas de fabricación casera y no se compra las que están de moda', pensé, particularmente enternecido por aquellas puntas cuadradas. Sin duda, el coronel había bailado bien en sus tiempos; pero entonces era pesado y sus piernas no tenían bastante agilidad para los bellos y rápidos pasos que quería realizar. Sin embargo, dio dos vueltas a la sala. Finalmente separó las piernas, volvió a juntarlas y, aunque con cierta dificultad, hincó una rodilla en tierra y Varenka pasó graciosamente junto a él con una sonrisa, mientras se arreglaba el vestido, que se le había enganchado. Entonces todos aplaudieron con entusiasmo. Haciendo un esfuerzo, el coronel se levantó; y, cogiendo delicadamente a su hija por las orejas, la besó en la frente y la acercó a mí, creyendo que me tocaba bailar con ella. Le dije que yo no era su pareja.

"-Es igual, baile con Varenka -replicó, con una sonrisa llena de afecto, mientras colocaba la espada en la vaina.

"Lo mismo que el contenido de un frasco sale a borbotones después de haber caído la primera gota, mi amor por Varenka parecía haber desencadenado la capacidad de amar, oculta en mi alma. En aquel momento, mi amor abarcaba al mundo entero, Quería a la dueña de la casa con su diadema y su busto semejante al de la emperatriz Elizaveta, a su marido, a los invitados, a los lacayos e incluso al ingeniero Anisimov, que estaba resentido conmigo. Y el padre de Varenka, con sus botas y su sonrisa afectuosa parecida a la de ella, me provocaba un sentimiento lleno de ternura y entusiasmo.

"Terminó la mazurca; los dueños de la casa invitaron a los presentes a cenar; pero el coronel B*** no aceptó, diciendo que tenía que madrugar al día siguiente. Me asusté, creyendo que se llevaría a Varenka; pero ésta se quedó con su madre.

"Después de cenar, bailamos la cuadrilla que me había prometido. Me sentía infinitamente dichoso; y, sin embargo, mi dicha aumentaba sin cesar. No hablamos de amor, no pregunté a Varenka ni me pregunté a mí mismo si me amaba. Me bastaba quererla a ella. Lo único que temía era que algo echase a perder mi felicidad.

"Al volver a mi casa, pensé acostarme; pero comprendí que era imposible. Tenía en la mano la pluma de su abanico y uno de sus guantes, que me había dado al marcharse, cuando la ayudé a subir al coche, tras de su madre. Miraba estos objetos y, sin cerrar los ojos, veía a Varenka ante mí. Me la representaba en el momento en que, eligiéndome entre otros hombres, adivinaba mi 'cualidad', diciendo con su voz agradable: '¿El orgullo? ¿No es eso?', mientras me daba la mano con expresión alegre; o bien, cuando se llevaba la copa de champaña a los labios y me miraba de reojo, con afecto. Pero, sobre todo, la veía bailando con su padre, con sus movimientos graciosos, mirando, orgullosa y satisfecha, a los espectadores que los admiraban. E, involuntariamente, los unía en aquel sentimiento tierno y delicado que me embargaba.

"Vivía solo con mi difunto hermano. No le gustaba la sociedad y no asistía a los bailes; además, en aquella época preparaba su licenciatura y hacía una vida muy metódica. Estaba durmiendo. Contemplé su cabeza, hundida en la almohada, casi cubierta con una manta de franela, y sentí pena porque no conociera ni compartiera mi felicidad. Nuestro criado Petroshka, un siervo, me salió al encuentro con una vela y quiso ayudarme a los preparativos de la noche; pero lo despedí. Su cara adormilada y sus cabellos revueltos me emocionaron. Procurando no hacer ruido, me dirigí, de puntillas, a mi habitación, donde me senté en la cama. No podía dormir; era demasiado feliz. Además, tenía calor en aquella habitación, tan bien caldeada. Sin pensarlo más, me dirigí silenciosamente a la antesala, me puse el gabán y salí a la calle.

"El baile había terminado después de las cuatro. Y ya habían transcurrido dos horas, de manera que ya era de día. Hacía un tiempo típico de Carnaval; había niebla, la nieve se deshelaba por doquier, y caían gotas de los tejados. Los B*** vivían entonces en un extremo de la ciudad, cerca de una gran plaza, en la que a un lado había paseos y al otro un instituto de muchachas. Atravesé nuestra callejuela, completamente desierta, desembocando en una gran calle, donde me encontré con algunos peatones y algunos trineos que transportaban leña. Tanto los caballos que avanzaban con paso regular, balanceando sus cabezas mojadas bajo las dugas brillantes, como los cocheros cubiertos con harpilleras, que chapoteaban en la nieve deshelada, con sus enormes botas, y las casas, que daban la impresión de ser muy altas entre la niebla, me parecieron importantes y agradables.

"Cuando llegué a la plaza, al otro extremo, en dirección a los paseos, distinguí una gran masa negra y oí sones de una flauta y de un tambor. En mi fuero interno oía constantemente el tema de la mazurca. Pero estos sones eran distintos; se trataba de una música ruda y desagradable.

“'¿Qué es eso?', pensé, mientras me dirigía por el camino resbaladizo en dirección a aquellos sones. Cuando hube recorrido unos cien pasos, vislumbré a través de la niebla muchas siluetas negras. Debían de ser soldados. 'Probablemente están haciendo la instrucción', me dije, acercándome a ellos en pos de un herrero con pelliza y delantal mugrientos, que llevaba algo en la mano. Los soldados, con sus uniformes negros, formaban dos filas, una frente a la otra, con los fusiles en descanso. Tras de ellos, el tambor y la flauta repetían sin cesar una melodía desagradable y chillona.

"-¿Qué hacen? -pregunté al herrero que estaba junto a mí.

"-Están castigando a un tártaro, por desertor -me contestó, con expresión de enojo, mientras fijaba la vista en un extremo de la filas.

"Miré en aquella dirección y vi algo horrible que se acercaba entre las dos filas de soldados. Era un hombre con el torso desnudo, atado a los fusiles de dos soldados que lo conducían. A su lado avanzaba un militar alto, con gorra y capote, que no me fue desconocido. Debatiéndose con todo el cuerpo chapoteando en la nieve, deshelada, la víctima venía hacia mí bajo una lluvia de golpes que le caían encima por ambos lados. Tan pronto se echaba hacia atrás y entonces los soldados lo empujaban, tan pronto hacia delante y, entonces, tiraban de él. El militar alto seguía, con sus andares firmes, sin rezagarse. Era el padre de Varenka, con sus mejillas sonrosadas y sus bigotes blancos.

"A cada vergajazo, el tártaro se volvía con expresión de dolor y de asombro hacia el lado de donde provenía, repitiendo unas palabras y enseñando sus dientes blancos. Cuando estuvo más cerca, pude distinguirlas. Exclamaba sollozando: '¡Hermanos, tengan compasión!, ¡Hermanos, tengan compasión!' Pero sus hermanos no se apiadaban de él. Cuando la comitiva llegó a la altura en que me encontraba, el soldado que estaba frente a mí dio un paso con gran decisión y, blandiendo con energía el vergajo, que silbó, lo dejó caer sobre la espalda del tártaro. Éste se echó hacia delante, pero los soldados lo retuvieron y recibió un golpe igual desde el otro lado. De nuevo llovieron los vergajos, ora desde la derecha, ora desde la izquierda… El coronel seguía andando, a ratos miraba a la víctima, a ratos bajo sus propios pies; aspiraba el aire y lo expelía, despacio, por encima de su labio inferior. Cuando hubieron pasado, vislumbré la espalda de la víctima entre la fila de soldados. La tenía magullada, húmeda y tan roja que me resistí a creer que pudiera ser la espalda de un hombre.

"-¡Oh, Dios mío! -pronunció el herrero.

"La comitiva se iba alejando. Los golpes seguían cayendo por ambos lados sobre aquel hombre, que se encogía y tropezaba. El tambor redoblaba lo mismo que antes y se oía el son de la flauta. Y lo mismo que antes, la apuesta figura del coronel avanzaba junto a la víctima. Pero, de pronto, se detuvo; y, acercándose apresuradamente a uno de los soldados, exclamó:

"-¡Ya te enseñaré! ¿Aún no sabes azotar como es debido?

"Vi cómo abofeteaba con su mano enguantada a aquel soldado atemorizado, enclenque y bajito, porque no había dejado caer el vergajo con bastante fuerza sobre la espalda enrojecida del tártaro.

"-¡Que traigan vergajos nuevos! -ordenó.

"Al volverse se fijó en mí y, fingiendo que no me había conocido, frunció el ceño, con expresión severa e iracunda, y me dio la espalda. Me sentí tan avergonzado como si me hubiesen sorprendido haciendo algo reprensible. Sin saber dónde mirar, bajé la vista y me dirigí apresuradamente a casa. Durante el camino, no cesaba de oír el redoble del tambor, el son de la flauta, las palabras de la víctima 'Hermanos, tengan compasión', y la voz irritada y firme del coronel gritando. '¿Aún no sabes azotar como es debido?' Una angustia casi física, que llegó a provocarme náuseas, me obligó a detenerme varias veces. Me parecía que iba a devolver todo el horror que me había producido aquel espectáculo. No recuerdo cómo llegué a casa ni cómo me acosté. Pero en cuanto empecé a conciliar el sueño, volví a oír y a ver aquello y tuve que levantarme.

“'El coronel debe de saber algo que yo ignoro -pensé-. Si supiera lo que él sabe, podría comprender y no sufriría por lo que acabo de ver.' Pero, por más que reflexioné, no pude descifrar lo que sabía el coronel. Me quedé dormido por la noche, y sólo después de haber estado en casa de un amigo, donde bebí hasta emborracharme.

"¿Creen ustedes que entonces llegué a la conclusión de que había presenciado un acto reprensible? ¡Nada de eso! 'Si esto se hace con tal seguridad, y todos admiten que es necesario, es que saben algo que yo ignoro', me decía, procurando averiguar lo que era. Sin embargo, nunca lo conseguí. Por tanto, no pude ser militar como había sido mi deseo. Tampoco pude desempeñar ningún cargo público, ni he servido para nada, como ustedes saben."

-¡Bien conocemos su inutilidad! -exclamó uno de nosotros-. Es mejor que nos diga cuántos seres inútiles existirían, a no ser por usted.

-¡Qué tonterías! -replicó Iván Vasilevich con sincero enojo.

-¿Y qué pasó con su amor? -preguntamos.

-¿Mi amor? Desde aquel día empezó a decrecer. Cuando Varenka y yo íbamos por la calle y se quedaba pensativa, con una sonrisa, cosa que le ocurría a menudo, inmediatamente recordaba al coronel en la plaza; y me sentía violento y a disgusto. Empecé a visitarla con menos frecuencia. Así fue como se extinguió mi amor. Ya ven ustedes cómo las circunstancias pueden cambiar el rumbo de la vida de un hombre. Y usted dice… -concluyó.

FIN

CENTENARIO DE LA MUERTE DE TOLSTOI


No son pocos los escritores, críticos o simples lectores que coinciden con este juicio. Cuando se habla de Tolstói, los epítetos de desmesura se repiten: titán, coloso, gigante, sobrehumano… Tal vez por ello, cohibido por las proporciones hercúleas, el lector de nuestros días se haya ido alejando del autor de Guerra y paz para acercarse al de Crimen y castigo, más cercano, en sus angustias e incertidumbres, al atribulado hombre contemporáneo.

Y, sin embargo, una vez descontadas sus ideas más radicales, (el anarquismo pacifista, el vegetarianismo, el rechazo de la sexualidad y de la sociedad urbana, el ingenuo retorno a la naturaleza), aún nos queda un novelista prodigioso, arrollador, tan irresistible que al llegar a la última página de cualquiera de sus grandes obras, pensamos que nada de su mundo ha quedado fuera de ellas.

“Si el mundo en persona supiera escribir, escribiría como Tolstói”, declaró otro gran escritor ruso, Isaak Babel. De la interioridad más sutil a las grandes escenas históricas, de la alegría a la tragedia, del mujik al aristócrata, del sexo a la muerte, pasando por la violencia, la injusticia, la hipocresía social o el anhelo religioso, nada escapa al genio épico de Tolstói.

¿Qué obra actual es más descarnada que la Sonata a Kreutzer en el tratamiento de la pareja? ¿Cuál es capaz de transmitirnos una angustia más insoportable ante la muerte que La muerte de Ivan Illich? ¿Qué monumento narrativo puede competir en nuestros días con Guerra y paz o Ana Karenina a la hora de retratar de manera exhaustiva la interioridad de un personaje (hombre o mujer), sin descuidar el complejo entramado social en el que se debate?

En esto reside lo milagroso de su genio: sentimos que hay más vida entre sus páginas que cuando las cerramos y salimos a la calle, no importa que nos hable de militares rusos de hace 200 años, adúlteras moscovitas de más de un siglo o cornudos de levita y cuello duro.

Te invitamos, en el centenario de su muerte, a comprobar la vigencia de uno de los mayores genios de la literatura.
Fuente: http://madrid.cuadernosciudadanos.net

lunes, 11 de octubre de 2010

Club de Lectura 1

En el recreo del próximo miércoles podéis asistir a las primeras lecturas de nuestro club de lectura. En esta ocasión, alumnos de la profesora Lola Ruiz leerán los siguientes cuentos:



-El niño lobo del cine "Mari", de José María Merino.

-El guardagujas, de Juan José Arreola.

-Momentum pedagogicum, de Ramón Carnicer.

Os esperamos

Abrapalabra

Abrapalabra es un portal de lectura y escritura creativa creado para el aula. Muestra propuestas de integración de las TIC para desarrollar la competencia comunicativa en el marco de las competencias básicas. El portal crece a medida que se plantean propuestas al profesorado. Está estructurado en secciones que conforman propuestas didácticas para el aula y se plantean ejemplos que, aunque constituyen actividades en sí mismas, pueden tomarse como modelo para crear otras nuevas.

Los orígenes: En una página web llamada Abrapalabra, un grupo de maestros y maestras interesados en la integración de las TIC en las aulas, leían en qué consistía cada trabajo de creación literaria, descargaban los ejemplos y se los pasaban a sus alumnos. Éstos, casi siempre en equipo, pensaban, debatían, escribían, leían sus trabajos y, finalmente, los colgaban en una bitácora para que otros chicos y chicas de otros colegios pudieran leerlos y comentarlos.

El funcionamiento: En Abrapalabra se plantean las actividades mediante la descripción del proceso y el ejemplo correspondiente. El profesorado participante, una vez conocida la metodología y el ejemplo, optará por seguir el modelo o adaptarlo. Las secciones que lo requieren, disponen de una bitácora propia, que es el punto de encuentro del alumnado. Allí se cuelgan los trabajos realizados en las escuelas participantes, por lo que es el lugar donde el alumnado de los distintos colegios pueden leer y comentar los trabajos de sus compañeros, del mismo centro o de otros centros.

Las secciones: Las que podemos encontrar actualmente en Abrapalabra son las siguientes:

  • Huella de palabras: para celebrar las doscientas mil visitas alcanzadas en marzo de este año, se crea esta actividad consistente en crear una huella formada con las 111 palabras que más nos gusten con la colaboración de todos.
  • Cuentacuentos: dentro de esta sección hay varias categorías, donde los alumnos se convierten en escritores, conocen los relatos de otras escuelas y, entre todos, consiguen descifrar la magia de las palabras.
  • Tararí que escribí: escribir en el ordenador genera otras posibilidades que escribiendo en cuaderno no es posible: se puede corregir, repasar, revisar ortografía, introducir unas palabras entre otras...
  • Autobiografía: Este proyecto surge de las necesidades y deficiencias detectadas en Primaria y ESO sobre la expresión escrita. Aquí, el alumnado puede aportar su propia experiencia como fuente primordial de la escritura al margen de sus conocimientos y de su nivel académico.
  • A carcajadas: Es el taller de humor, se proponen algunas experiencias para trabajar la creación escrita con humor, algo muy necesario en estos tiempos.
  • Leo leo: este taller surge a raíz de la incorporación de los treinta minutos diarios de lectura en todos los cursos de la etapa, ya que la lectura constituye un factor fundamental para el desarrollo de las competencias básicas.
  • Poesía eres tú: el objetivo es que los alumnos escriban poemas, para lo que previamente habrá que leer algunos poemas, trabajar la comprensión de los mismos, descubrir la rima, los versos y estrofas y aprender a memorizarlos y recitarlos.
  • En público: se proponen actividades para que los alumnos comuniquen al resto de la clase, de forma oral, sus textos, bien sean expositivos, argumentativos o narrativos.
  • Somos periodistas: para trabajar la prensa en la escuela y así fomentar el espíritu crítico, aprender a contrastar informaciones, descubrir la diversidad de medios de comunicación que hay (prensa escrita y en Internet, radio, televisión...) y ser capaces de crear sus propios periódicos de aula o de centro.
  • La publicidad: el medio publicitario constituye una excelente herramienta para la lectura y la expresión en el aula, por el lenguaje escrito y de imágenes que utiliza para captar la atención del lector, oyente o espectador.

Hay dos secciones más: Tipologías textuales -donde se engloban textos para leer, textos para escribir y textos matemáticos- e Interdisciplinar -donde se presentan una serie de materiales recopilados por la asesora del CPR de Calatayud, Pilar Polo, sobre algunos temas de los que se celebran acontecimientos susceptibles de trabajar en la escuela.

En el menú titulado La alacena podemos encontrar, entre otras cosas:

  • Enlaces a las bitácoras del proyecto Abrapalabra en las que los alumnos participantes ponen en común sus creaciones.
  • Un apartado titulado Nos comunicamos en el que se presentan herramientas basadas en servicios Web 2.0 que permitan compartir y colaborar en documentos y pizarras, verse en videoconferencias, mostrar vídeos a compañeros de otros lugares, intercambiar presentaciones de diapositivas...
  • Recursos, que es una especie de cajón de sastre donde cabe todo, desde vínculos a páginas interesantes a consejos para padres, pasando por documentos con imágenes, poemas...
  • La posibilidad de contactar con el administrador del sitio, José Ramón Olalla, al que desde aquí felicitamos por tan magnífica página.
Dirección web: http://www.catedu.es/abrapalabra/
Fuente: http://www.educacontic.es/blog/abrapalabra

viernes, 17 de septiembre de 2010

Bubok: el servicio para publicar libros en papel sin que te cueste nada

Por Isabel Blas.

Escritores, profesores, estudiantes, empresarios, es decir, todas aquellas personas que escriben y que desean ver publicados sus manuscritos, pueden encontrar en la Bubok una forma sencilla (y magnífica) de satisfacer sus deseos. Su página de inicio contiene un vídeo con el que se puede hacer una visita virtual que muestra los pasos a seguir para publicar cualquier libro.

La publicación, sin coste alguno para el autor o la autora se pone a la venta a través de la web (bien por edición impresa, bien por descarga) y en cualquier cantidad, sin cantidades mínimas, a partir de un solo ejemplar. La editorial se encarga de los envíos a los peticionarios, de los cobros de dichas ventas y de abonar a los autores el dinero generado por las mismas: un ochenta por ciento del «beneficio» que el propio autor haya decidido para su obra a partir del precio de coste por ejemplar que calcula el sistema según el formato, número de páginas, etcétera. Asimismo, la editorial crea una página de autor («pack de autopublicación») totalmente gratis.

Existen, además, otros packs: gestión integral, profesional, best seller… que se pueden contratar para conseguir que la obra sea un éxito, dado que incluyen servicio de corrección, diseño de portada, maquetación, servicio de código de barras, banner promocional, mailing, etcétera.

No podía faltar, naturalmente, el Feed RSS blog de Bubok, ni que la web mantuviera un foro donde los autores comentan sus obras, discuten cuestiones con ellas relacionadas o requieren respuestas a las dudas que puedan presentárseles. La sección de ayuda es muy completa y por otro lado la página de inicio muestra las portadas de los últimos libros publicados, de los más vendidos, y de los destacados.

En estos momentos está en marcha el 2º Premio de Creación Literaria Bubok, después de que el primero tuviera un enorme éxito de presentación de obras.

Isabel Blas es autora y licenciada en Ciencias de la Información, que ha publicado en Bubok su novela Maldito baile de muertos y su libro de ensayo Al servicio de Su Majestad… el jefe.


Vía: Microsiervos

viernes, 14 de mayo de 2010

Luis Rosales, biografía y autobiografía


Este mes disfrutaremos de poemas de Luis Rosales en las lecturas que realizamos los miércoles en la Biblioteca.

Biografía


Nació en Granada en 1910, en el seno de una familia muy conservadora. En 1930 se traslada a Madrid para estudiar Filosofía y Letras, obteniendo el doctorado. Inició su actividad literaria en la revista Cruz y Raya, dirigida por Pablo Neruda y José Bergamín. En la capital de España conoció a los Panero (Juan y Leopoldo) y a Luis Felipe Vivanco, compañeros de la que se conocerá después como Generación de 1936 (o de la Guerra), de la que también forma parte Dionisio Ridruejo, y cuyos ejes comunes, además de su afinidad y camaradería, fueron su catolicismo intimista y su conservadurismo en lo social.

En agosto de 1936, recién iniciada la guerra civil española, Ruíz Alonso, miembro de la CEDA, lidera el arresto a Federico García Lorca Lorca que estaba refugiado en la casa familiar de los Rosales, creyendo estar a salvo de represalias por su afinidad a la Izquierda, ya que en esta familia había destacados miembros falangistas. Desde 1937, Rosales colabora en la revista falangista Jerarquía hasta su desaparición. Ideológicamente fue evolucionando desde las ideas autoritarias de su juventud hacia posiciones democráticas en su madurez.

En 1962 ingresó en la RAE aunque no leyó su discurso de ingreso hasta 1964. Aunque residía en Madrid desde 1968, pasaba los veranos en Cercedilla (Madrid), época en la que escribía sus libros de poesía. En 1982 recibió el Premio Cervantes, el galardón literario más importante de cuantos se conceden en España. Falleció en Madrid en 1992.


Autobiografía

Como el náufrago metódico que contase las olas
que faltan para morir,
y las contase, y las volviese a contar, para evitar
errores, hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño
y le besa y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de
caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería.

Poema en audio: Autobiografía de Luis Rosales por Luis Rosales